La noche que León viajó 1000 Km para verme coincidió con la inauguración de mi nuevo hogar. Una noche que, al igual que León, no quiso pasar desapercibida. He aquí los detalles.
Incursionando en el camino del miedo…
Era mi primer día viviendo sola, mi departamento aun olía a pintura y la noche prometía un amanecer en la presencia de León después de 17 años de ausencia. Llegaba a las 8 de la mañana, eso me había dicho vía MSN desde su lugar de trabajo varias horas antes. Ya tarde, me disponía a dormir cuando oí el timbre del portero. Imposible pensar que llegara con tanto tiempo de anticipación, entonces, ¿quién sería?
Me levanté a atender y el visor ya se había apagado. Aún no conocía que había un botón que lo reencendía. Contesté pero nadie respondió del otro lado. Volví a la habitación, me acosté nuevamente en mi precaria cama a nivel del piso, frente a la ventana que da a la calle, sin cortinas aún y los vi. Dos tipitos parados en la vereda del frente esperaban fuera de una camioneta azul, escena que me hizo desvariar. Los tipitos, uno de gorra con teléfono en mano, el otro fumando un cigarrillo, ambos mirando hacia arriba, hacia mi ventana, le daban a mi noche nada más ni nada menos que un toque de terror.
Y sí, me asusté, pensé: “linda forma de inaugurar mi nueva casa”. Mi desesperación comenzó cuando uno de ellos hacía ademán de volver al edificio, miraba a su compañero y volvía al lugar. Repitió esa maniobra más de 5 veces hasta que lo perdí de vista, seguramente estaba nuevamente en el portero. Entre la desesperación vi pasar por allí al Doc, un tipito Rojo del que ya les hablaré también. Atiné a llamarlo para que me socorriera, para que me acompañara así no sentía miedo. Tomé el teléfono y después de recorrer toda la agenda de contactos, advertí que no tenía su número. Ahí recordé que días atrás me había enojado con él y le había prometido no molestarlo más, asegurándome de lograrlo borrando todo rastro suyo de mi teléfono. Me maldije por unos segundos y busqué un plan B. Llamé a mi hermano, mi comodín, el que con mucha paciencia me prometió dar aviso a la policía (cosa que yo había pensado también pero mi miedo no me había permitido recordar el número: 101). Colgué y di un salto al escuchar el timbre nuevamente, pero esta vez no solo se sintió en mi departamento sino en todos los de mi piso. Entré en pánico y volví a llamar a mi hermano. Observé por la ventana y le narré todo lo que sucedía, más para desahogarme que para pretender que él hiciera algo. Uno de los tipitos ya no estaba en la calle, se sintió el ruido del ascensor. Los sensores encendieron las luces de mi pasillo. Yo parada junto a la puerta, temblando, solo podía rezar. Mi hermano, al escucharme lo que estaba sucediendo respondió con un: “ya voy para allá”. A los 5 minutos llamó para decirme que la policía estaba en camino.
Mi ventana se convirtió en un gran televisor por el que se podía apreciar una especie de película de suspenso. Dos patrulleros se detuvieron frente a mi edificio, con sirenas encendidas y todos los chiches. Tres policías uniformados les pidieron identificación a los tipitos. Mi hermano, que justo llegaba, alcanzó a escuchar que se justificaban diciendo que habían quedado en pasar a buscar a un amigo pero no sabían qué departamento habitaba. “Claro!” pensé yo, “linda forma de averiguarlo, tocando timbre a las 4 de la madrugada en todos los departamentos, tapando el visor de la cámara y sin decir nada!”
La policía se fue, los tipitos permanecieron unos minutos más, supongo que para solventar sus argumentos. Mientras, mi hermano maldijo a su novia porque había estado horas antes visitándome y asombrándose de que me quedara sola en mi nuevo hogar, tan vacío, sin vigilancia, metiéndome miedo digamos…
Pero tomando el ejemplo de mi bisabuela, que la misma noche en la que quedó viuda durmió en su cama matrimonial argumentando que si no lo hacía desde el primer día no lo iba a hacer más, despedí a mi hermano, temblando aún, y volví a mi precaria cama e intenté dormir. Obviamente no lo conseguí pero tampoco morí de miedo. A las 8 de la mañana sonó el teléfono. León estaba llegando a la terminal. Allá fui… a esperarlo, contenta de saber que mi segunda noche allí no estaría sola, pero lo que no sospechaba aun es que también en mi segunda noche iba a temblar de miedo, claro que por otras causas!
Incursionando en el camino del miedo…
Era mi primer día viviendo sola, mi departamento aun olía a pintura y la noche prometía un amanecer en la presencia de León después de 17 años de ausencia. Llegaba a las 8 de la mañana, eso me había dicho vía MSN desde su lugar de trabajo varias horas antes. Ya tarde, me disponía a dormir cuando oí el timbre del portero. Imposible pensar que llegara con tanto tiempo de anticipación, entonces, ¿quién sería?
Me levanté a atender y el visor ya se había apagado. Aún no conocía que había un botón que lo reencendía. Contesté pero nadie respondió del otro lado. Volví a la habitación, me acosté nuevamente en mi precaria cama a nivel del piso, frente a la ventana que da a la calle, sin cortinas aún y los vi. Dos tipitos parados en la vereda del frente esperaban fuera de una camioneta azul, escena que me hizo desvariar. Los tipitos, uno de gorra con teléfono en mano, el otro fumando un cigarrillo, ambos mirando hacia arriba, hacia mi ventana, le daban a mi noche nada más ni nada menos que un toque de terror.
Y sí, me asusté, pensé: “linda forma de inaugurar mi nueva casa”. Mi desesperación comenzó cuando uno de ellos hacía ademán de volver al edificio, miraba a su compañero y volvía al lugar. Repitió esa maniobra más de 5 veces hasta que lo perdí de vista, seguramente estaba nuevamente en el portero. Entre la desesperación vi pasar por allí al Doc, un tipito Rojo del que ya les hablaré también. Atiné a llamarlo para que me socorriera, para que me acompañara así no sentía miedo. Tomé el teléfono y después de recorrer toda la agenda de contactos, advertí que no tenía su número. Ahí recordé que días atrás me había enojado con él y le había prometido no molestarlo más, asegurándome de lograrlo borrando todo rastro suyo de mi teléfono. Me maldije por unos segundos y busqué un plan B. Llamé a mi hermano, mi comodín, el que con mucha paciencia me prometió dar aviso a la policía (cosa que yo había pensado también pero mi miedo no me había permitido recordar el número: 101). Colgué y di un salto al escuchar el timbre nuevamente, pero esta vez no solo se sintió en mi departamento sino en todos los de mi piso. Entré en pánico y volví a llamar a mi hermano. Observé por la ventana y le narré todo lo que sucedía, más para desahogarme que para pretender que él hiciera algo. Uno de los tipitos ya no estaba en la calle, se sintió el ruido del ascensor. Los sensores encendieron las luces de mi pasillo. Yo parada junto a la puerta, temblando, solo podía rezar. Mi hermano, al escucharme lo que estaba sucediendo respondió con un: “ya voy para allá”. A los 5 minutos llamó para decirme que la policía estaba en camino.
Mi ventana se convirtió en un gran televisor por el que se podía apreciar una especie de película de suspenso. Dos patrulleros se detuvieron frente a mi edificio, con sirenas encendidas y todos los chiches. Tres policías uniformados les pidieron identificación a los tipitos. Mi hermano, que justo llegaba, alcanzó a escuchar que se justificaban diciendo que habían quedado en pasar a buscar a un amigo pero no sabían qué departamento habitaba. “Claro!” pensé yo, “linda forma de averiguarlo, tocando timbre a las 4 de la madrugada en todos los departamentos, tapando el visor de la cámara y sin decir nada!”
La policía se fue, los tipitos permanecieron unos minutos más, supongo que para solventar sus argumentos. Mientras, mi hermano maldijo a su novia porque había estado horas antes visitándome y asombrándose de que me quedara sola en mi nuevo hogar, tan vacío, sin vigilancia, metiéndome miedo digamos…
Pero tomando el ejemplo de mi bisabuela, que la misma noche en la que quedó viuda durmió en su cama matrimonial argumentando que si no lo hacía desde el primer día no lo iba a hacer más, despedí a mi hermano, temblando aún, y volví a mi precaria cama e intenté dormir. Obviamente no lo conseguí pero tampoco morí de miedo. A las 8 de la mañana sonó el teléfono. León estaba llegando a la terminal. Allá fui… a esperarlo, contenta de saber que mi segunda noche allí no estaría sola, pero lo que no sospechaba aun es que también en mi segunda noche iba a temblar de miedo, claro que por otras causas!
Penelope, esta es una historia de pelicula!! Muy buena nota, principalmente el final que me deja esperando a Violeta III
ResponderEliminaray caramba! no sabia que sucedian tantas cosas en la primera noche que uno vive sola!
ResponderEliminarbuenisima Penelope!
Penélope,¡qué noche!... inauguración de Dpto acompañada de una buena historia para contar, no te podes quejar. Gracias por estas distracciones. Esperamos ansiosos a los próximos "tipitos"!
ResponderEliminaramiga Penélope... estoy encantada con tu historia,y obviamente quiero mas...porque se que hay mas....
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