martes, 30 de noviembre de 2010

Mi color

Mucho he hablado de los demás, de sus colores, pero poco he hablado de mí y hoy lo encuentro necesario, verdaderamente necesario. Hace poco Violeta me corrigió en algo, yo pensé que siempre le había dado lo mejor de mí, pero él acertó en decirme que uno no da ni lo mejor ni lo peor, uno da lo que es. Entonces me pregunto, ¿Quién, qué soy yo?

Nuevamente en el papel de Julia: Rezar Comer Amar

Hoy publiqué en mi nick del MSN “Feliz, feliz, feliz, felizzzzzzzz” y gracias a Dios muchas personas tuvieron interés en conocer el motivo de mi felicidad y fueron felices conmigo.

Todo comenzó cuando unos días atrás miré la película que protagoniza Julia Roberts, “Rezar comer amar”. Otra vez me sentí identificada con ella, otra vez me adueñé de su papel, otra vez me dispuse a seguir sus pasos. La película cuenta la historia personal de una mujer que toma un año de su vida para viajar y encontrarse con sí misma, algo que yo también estoy necesitando, más lo segundo que lo primero, aunque lo primero suene más tentador.

Primera consigna: Rezar.

Era sábado a la noche, llovía y me había pasado todo el día durmiendo. No había nadie con quien salir, no había nada por hacer salvo estar frente a la PC, como la mayoría de mis noches de soledad. Cerca de las diez alguien me dice “linda noche para dormir abrazados”, asentí, pero por dentro sabía que yo no me conformo con abrazar a cualquiera… Acto seguido, otro alguien me dice que tiene dos entradas gratis para el boliche y por si acaso las fui a buscar. Después una amiga de una amiga, a la que después de esa noche ya puedo considerar mi amiga, lee mi mail a tiempo y asiente a salir conmigo.

Salí sabiendo a quien quería abrazar y salí sabiendo que deseaba abrazarlo y lo mejor es que pese a que esa persona nunca se había acercado a mí, y ni siquiera conocía su voz, esa noche, esa persona, me abrazó y pensé que eso era la felicidad. Pero hoy, hoy supe que necesitaba algo mucho más profundo que un abrazo de un desconocido, hoy me volví acercar a Dios, hoy rece. Y me sentí feliz y me siento feliz.

Son momentos que llegan, se viven, se sienten y cuesta describir o explicar, simplemente suceden… transforman… purifican… te devuelven la fe. Después de dos años de sentirme muerta en un mundo que disfruta de las pasiones efímeras me descubrí volviendo a los brazos de mi Papá Dios y sería desleal con él y conmigo si no lo compartiera.

Espero poder seguir rezando, porque de esa manera me siento útil y cerca de la gente que quiero. De esa manera puedo ser mejor persona y por ende, dar lo mejor.

Segunda consigna: Comer.

(continuará)

lunes, 8 de noviembre de 2010

Verde II

“esta historia, aunque la hayan leído y comentado muchos, no se puede comparar con lo que se vivió en esos hermosos días!”. Esas fueron las palabras que salieron del tipito verde, después de leer este blog, y yo creo que tiene razón. Las palabras a veces no pueden contarlo todo. De igual manera seguiré adelante haciendo el intento…

Confianza

La segunda noche en presencia del tipito verde tuvo un comienzo también complicado. Mis amigas estaban bastante baqueteadas y quisieron volver a dormir temprano. El tipito verde aguardaba en otro bar con sus hermanas. Tenía que decidir si tomar coraje e ir en su búsqueda o dar por finalizada la noche. Fiel a mi intuición, hice lo primero. Me acerqué a su mesa, salude a todos los que ahí estaban y después supe que esa actitud de valor me hizo sumar puntos con su familia. En cuestión de minutos nos dejaron solos. Todos pueden imaginar que un encuentro así, solo es del tipo pasional, las palabras se dejan a un costado y sólo se da lugar a los besos y los mimos, pero el tipito verde fue, es y será un tanto especial. Cuando en iguales circunstancias un chico y una chica se encuentran en un bar, una noche de verano, a escasos metros del mar, solo basta un beso para romper el hielo. Sin embargo el tipito verde me inició en esta mágica historia enseñándome a ver su alma directo en sus ojos. Así permanecimos, mirándonos, contemplándonos, emocionándonos con lo que descubríamos del otro. Y como no podía ser de otra manera, para que esta historia se torne coincidente, intrigante y sumamente alocada, el tipito verde sintió la necesidad de hablarme de su pueblo. Un pueblo al cual yo nunca había visitado pero que tantos recuerdos me traía por haber sido cuna de mi amor Azul, pueblo que tantas veces desee visitar para reencontrarme con parte de mi historia de amor. Pero, dejando de lado la nostalgia, como era tan profundo el momento que estaba viviendo ahí, como era tan intenso el color que tenía enfrente, no quise por nada del mundo opacarlo con vivencias del pasado, así que me limite a contarle en pocas palabras el secreto que había ocultado la primer noche: “yo tenía un antiguo amor en Coronel Suarez”. No hicieron falta los detalles, el tipito verde cambió de tema y abandonamos aquel bar para adentrarnos en el amanecer frente al mar.

Y cuando parecía que ya nada podría sorprenderme, me encontré sentada sobre unas piedras con las olas golpeando en mis pies, el sol surgiendo en el horizonte y un tipito cálido envolviéndome con su campera mientras me preguntaba inesperadamente: “¿Podes definir lo que es la confianza?... Vos confiás en mí y me lo acabas de demostrar”. No sé si es que yo estoy solo rodeada de cursilería, pero esa pregunta, en ese escenario, frente a este mágico color esperanza me desubicó y me apasionó completamente. Y así como quien paga su entrada y presencia un espectáculo, yo me dispuse en cuerpo y mente algo intrigada y temerosa por no saber en qué iba a terminar todo eso, a disfrutar de la disertación que se me estaba ofreciendo. “La mayoría de la gente tiene el instinto de agarrarse cuando alguien la inclina para besarla como hice yo”, dijo (sí, sí, obviamente también hubo besos). “…Y sin embargo, vos te relajaste en mis brazos…”.

A partir de ahí me puso en diferentes situaciones imaginarias en las que me podría encontrar y evaluó mis respuestas a fin de enseñarme el significado de esa valiosa palabra. Gracias a eso hoy sé que puedo “confiar” plenamente en él y es algo que me enorgullece y me colma de felicidad.

Ese amanecer lo vivimos de una manera única, quizás porque pensamos que no nos volvería a ocurrir nada igual o simplemente porque la despedida era inminente y solo podíamos confiar en que nuestro “hasta pronto” fuese real. ¿Lo fue?

lunes, 13 de septiembre de 2010

Violeta IV

Cuando comencé a escribir sobre Violeta dije que no iba a abandonar la lucha hasta que no lo tuviera nuevamente en frente, hasta que no pudiera reconocer en sus ojos el amor o su ausencia… Y ¿cómo es entonces que ahora estoy hablando de no esperarlo más? ¿Qué pasó?

Cualquier similitud con la realidad NO es mera coincidencia

En unos de mis ataques de ansiedad, cuando nada parece acallar mis ganas ni mis impulsos, revisé la billetera, hice un par de cuentas, consulté el almanaque, repasé mi agenda, escribí algunas palabras en el Google, leí lo que necesitaba leer, vi el cuadradito en verde en la ventana del MSN acompañado por la palabra “LEÓN” y me animé. “¿Qué tenés que hacer el sábado a las 9 de la mañana?” pregunté. “¿Me vas a buscar a la terminal de Neuquén o a la de Chipoletti?”.

Pensé que el que me leía era el mismo que meses atrás había dejado todo por venir a estar conmigo, el que 4 veces por día reclamaba mi visita, el que sufría mi ausencia, el que me había insistido día y noche en que “debía” ir a verlo y que actuaríamos de la forma que hubiese que actuar: si nos salía ser primos seríamos primos, si nos salía ser amigos seríamos amigos y si daba para más seríamos más…

Había imaginado ese encuentro miles de veces: León esperaba en la terminal, había ido sólo tal cual lo habíamos planeado. Yo ansiosa en el colectivo, tenía intenciones de robarle un beso a penas lo viera porque le había prometido, a modo de venganza, hacer lo mismo que él hizo conmigo en su visita. Nos abrazamos, ya no éramos dos desconocidos ni nos separaban 17 años, ya sabíamos lo que significaba sentirnos cerca, ya éramos conscientes de que carecíamos de indiferencia. Lo besé, sí, no pude evitarlo.

Sabía que lo que me esperaba no era nada fácil, que Cameron estaría aguardando nuestro regreso, expectante, quizás celosa… y la culpa empezó a apoderarse de mí de manera perturbante, asfixiante. Sin embargo estaba allí, sabía muy bien a lo que había ido, fuera lo que fuera que encontrase tenía que jugarme entera por lo que había ido a buscar, y poder sentirme orgullosa por el intento en el caso de que volviera con las manos vacías.

El recorrido hasta su casa fue algo incómodo. Él tenía cara de susto, yo no podía dejar de mostrar los dientes ya que mi alegría se empeñaba en no ser disimulada. No quería hablar porque presentía su estado de nervios, pero por otro lado no podía dejar de pensar que debía aprovechar cada instante en el que estuviésemos solos porque no sabía de cuanto tiempo en esa situación podíamos disponer. Cuando el silencio comenzaba a desesperarme y la sonrisa a desvanecerse se escuchó: “qué bueno que hayas venido piba”. Volví a respirar. No soy de las que tiene miedo de lo que pueda suceder, temo más bien de lo que NO suceda…

Mi alegría fue aún mayor cuando llegamos a destino y su madre me recibió con un cálido abrazo. Cameron no estaba, tampoco me animé a preguntar por ella, pero pude deducir, por lo que escuché en la conversación madre e hijo, que nos acompañaría en el almuerzo.

Dejé mi valija en la habitación de huéspedes, vecina a la de León, me senté en la cama aprovechando ese instante de soledad y fui avasallada por la certeza que me había carcomido durante todo el tiempo de espera: León iba a aguardar que yo hiciese todo, él confiaba en que yo lo hiciera y quería que lo hiciera. Pero, ¿cómo preservar a Cameron? No me correspondía a mí ese papel.

Esto mismo debe haber pensado él cuando le dije que iba a visitarlo, porque no permitió que hubiera viaje. Me pidió perdón, dijo que había estado pensando algunas cosas, que él no estaba solo, que únicamente podría darme el lugar de prima si lo visitaba y que la realidad era que nos separaban 1000 km y que en ese momento no podía ofrecerme lo que yo necesitaba, que quizás era cuestión de tiempo y que sabía que cuando decidiera jugarse por mí seguramente sería tarde.

Contar mi decepción sería muy triste, pero entre tanta desilusión agradecí estar en Peumayén y poder salir a buscar un color en otra parte.

De todas maneras, quizás aún queden Violetas por escribir...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Verde I

Agradezco tantas buenas energías puestas en el nuevo color y sé que hay quienes pretenden que lo haga formar parte de mi arcoíris pero por el momento el tipito no amerita.
Hoy estuve mudando papeles de mi antigua casa y las mudanzas acarrean recuerdos. Una foto trajo esta historia a mi memoria y con ella la esperanza.


La feliz

Estaba en la feliz por segunda vez, quizás con la ilusión de vivir la mitad de las cosas hermosas que había vivido la primera vez que estuve allí, esperando que la vida me sorprendiera una vez más.

Habíamos ido de vacaciones con mis amigas, parábamos en el departamento de Surch, en la Perla y cumplíamos a rajatablas la rutina de asistir durante el día a la playa y durante la noche a la calle Além, divirtiéndonos con la fantasía de pasar a buscar a “la Mirtha” (Legrand) por su gran hotel. Una noche el clima nos obligó a refugiarnos rápidamente en un bar, Tressor. Además de que mi fuerte no es peinarme, el viento se había encargado de ponerlo aún más en evidencia y obviamente nunca falta el que te lo recuerda. “¿Tiene arreglo eso?” me dijo alguien sobre el hombro mientras yo intentaba convertir mis manos en las de Roberto Giordano sin nada de suerte. Me di vuelta con ojos de quien simula tener todo controlado, pensando en responder con sarcasmo, pero enmudecí cuando lo vi. Tenía en frente ahora a mi futuro tipito verde y en solo cuestión de segundos, guiada solamente por la intuición, supe que tenía que reemplazar el sarcasmo por una respuesta que lo mantuviera a mi lado. Una sonrisa angelical acompañaba ese rostro y me resultaba imposible la idea de no perpetuar la charla. Después de algunas risas le pregunté de dónde era. “Coronel Suarez” respondió. Ahí confirmé que mi intuición no había fallado, que las casualidades no existen y que todo pasa por algo. Ahora tenía otro motivo para permanecer allí.

De la misma manera tres años atrás, en mi primera visita a Mar del Plata, la intuición me había hecho conocer al tipito azul, en un congreso, en un bar, en condiciones similares. Pero una de las sorpresas fue que tanto el tipito azul como el tipito verde eran nacidos en el mismo pueblo. Decidí no contar nada y disfrutar de la coincidencia.

Me invitó una cerveza, eso daba indicios de una charla a los pies de una barra si no hubiese sido porque la cerveza tenía la temperatura justa para el mate amargo, lo que nos llevó a abandonar el lugar rápidamente. Tomó mi mano y subimos una escalera. Me senté, pidió un fernet para honrar mi acento, me miró a los ojos, le devolví la mirada y me besó. Segundos después me pidió disculpas por no haber podido evitar el impulso que dijo haber tenido a penas me tuvo en frente. Cambiamos de tema y convertimos el momento en una grata charla gobernada por las risas y el buen humor. Así me enteré que su madre era peluquera y que él trabajaba en Buenos Aires, en el Spa donde asistían todas las bailarinas de Tinelli. Yo tendría que haber salido corriendo cuando se acercó su primo y lo delató al contarme que el tipito verde la había masajeado a Evangelina Anderson. “¿Qué hago acá?” Me pregunté atónita, imaginando qué diría su madre de mi peinado, qué pensaría él de mis manos faltas de crema, mi rimel seguramente corrido y mi carencia de siliconas. Sin embargo el tipito verde parecía estar concentrado en mis palabras y no dejaba de mirarme a los ojos.

A falta de campanas anunciando la caducidad del hechizo sonó el teléfono. Mis amigas preguntaban mi paradero y cenicienta tuvo que abandonar el baile. No dejé un zapato pero sí mi número y el teléfono volvió a sonar al día siguiente con un mensaje que agradecía haber sido la causante de una noche de risas que esperaba ser repetida.

Suerte que aún nos quedaban algunos días en la feliz…

viernes, 13 de agosto de 2010

Nuevo Color

Esta semana, después de que el Doc, mi tipito rojo, me contara cómo una coincidencia lo llevó a hacer una guardia que no le correspondía para terminar atendiendo al actual suegro de su ex, me convertí en protagonista de varias de ellas que me propongo contarte. Claro que hay color involucrado, sino necesitaría crear otro blog…

Coincidencias…

Hace casi cinco meses que vivo sola en mi departamento y aun duermo en el piso. No soy una persona que haya pasado ningún tipo de necesidades materiales a lo largo de toda mi vida, pero tengo que reconocer que me he adaptado a necesitar muy poco. Quizás sea por eso que cuando ayer mi papá me invitó a ir a la mueblería para ayudarlo a elegir las sillas para nuestra casa de fin de semana, le dije que no aun sabiendo que esa era una fantástica oportunidad para agregar a la compra una cama para mí.

Justamente anoche, camino al teatro, mi amiga Elvira me dijo: “Penelope, tenés que pedir que te regalen un somier, ¡dejate de joder!”, y yo me resisto, me siento en mi banco de la estación y espero… Quizás alguien baje de algún vagón de tren esa cama que a mí me falta…

Y como las coincidencias existen… resulta que hoy golpearon mi puerta… “¿quién es?” grité yo, que en ese entonces estaba echada en el sillón con la notebook sobre las piernas. Una voz masculina responde: “el nuevo vecino del 4D. Vengo a pedirte un favor”. Pegué un salto y corrí a abrir la puerta. Ahí me di cuenta que los videos que me hizo ver mi amigo Alejo esta semana están en lo cierto, a las mujeres nos encanta sentirnos necesarias.

Resulta que un tipito se ha mudado el día de hoy al departamento de al lado, y su ventana da a la ventana de mi cocina que coincide en dirección con la ventana de mi balcón, entre las cuales se encuentra el sillón donde adelanté haber estado echada cuando mi vecino tocó la puerta. Parece ser que tanto las escaleras como el ascensor del edificio coinciden en que son ambos muy estrechos y no permiten el paso de un somier, por lo que mi vecino, al estar en su departamento, advirtió desde la ventana la presencia de mi balcón, por lo cual no dudó en venir a preguntarme si podía subir su somier por allí. Enseguida acepté, después de todo, volviendo a los videos, si me siento necesaria estoy más cerca de sentirme querida y eso es algo que siempre viene bien. Cruzamos algunas palabras, indagando coincidimos en algunas amistades y el tipito se encargó de convencerme de que era dueña de un favor suyo cuando lo necesitara. Yo hubiese pretendido que me dejara el somier, pero solo me animé a decirle que carecía de uno… No reparó en la indirecta, igual no pierdo las esperanzas.

El tipito se fue, y yo me apuré a cambiarme para ir al gimnasio. Salí deprisa, pedí el ascensor, abrí la puerta, y estaba allí de nuevo, esta vez para contarme que no tenía luz, justamente luz!!!. Ahí lo supe, las coincidencias no ocurren porque sí, ese tipito estaba queriendo ser parte de mi arcoíris. Lo miré a los ojos y en silencio le pregunté: ¿Cual es el espacio vacío en tu vida en el que mi luz coincide perfectamente con tu oscuridad?

lunes, 26 de julio de 2010

Violeta III

Ismael Serrano es mi cantautor preferido, el que me llega al alma con su voz y el que me sorprende con cada una de sus historias hechas canciones. En su álbum “un lugar soñado” narra la historia de una despedida entre Penélope y un tal Ulises. A diferencia de la clásica Penélope sobre la que habla Serrat, la que espera en el andén revoleando el abanico, esta Penélope esperó, esperó, reflexionó, hizo repaso de todo lo vivido, hasta que se dijo a sí misma: “hasta aquí hemos llegado, no espero más!!! Yo me voy!”

Cada historia que vivo con cada Ulises que se despide de mí, me siento un poco esa Penélope, queriendo esperar su regreso. Pero lo importante aquí es que gracias a descubrirme en Peumayén, puedo decir que no espero más y es eso lo que me hace vivir una nueva historia, lo que me abre camino para un nuevo encuentro, para un nuevo color…

¿Se irá definitivamente Violeta de la vida de Penélope?


Penélope de Peumayén

Qué se puede contar de mi fin de semana con León? el Sr. Serrano se encargó de cantarnos al oído todo aquello que sentíamos y deseábamos hacer pero quizás por cautos o cobardes no hicimos. Llegamos a pensar que nos había engualichado, porque después de nuestra despedida, cada vez que nos pensábamos, hablábamos o escribíamos, Ismael aparecía como por obra de magia en la tele, en la radio o reproduciéndose en la lista aleatoria de mi reproductor para ser nuestra cortina musical. Solo Ismael se animaba a decirnos aquello que queríamos. Predecía nuestro futuro de forma admirable y cuestionaba nuestras acciones permanentemente. Nos llevaba a un mundo paralelo en el que el amor todo lo puede, todo lo soporta.

León estaba allí, sentado junto a mí, sin poder sacar su mirada de mis ojos. Yo lo contemplé tranquila, descubriendo en el brillo de los suyos la magia de un reencuentro que prometía ser eterno.


Revivo ese instante casi a diario, no puedo creer que tenga que resignar lo que nos unió en ese momento, pero todo parece indicar que así será.


Quiero llamar a mi tipito violeta ahora (pero borré su número: muy mal vicio mío), quiero tenerlo acá de nuevo, como la primera vez, cuando me miraba con ojos de gatito de Shrek y me decía que me perdonaba por haberlo estrujado por dentro.


Quiero llenarme nuevamente con su mirada, quiero sentir que le estoy leyendo el alma, que lo estoy dejando ser, que lo estoy rescatando del estado estacionario en el que se mantiene y que lo llena de monotonía y de aburrimiento. Quiero ser la que lo perdone por el beso que me dio y a la que perdonaría porque hubiese hecho que ocurriera de todos modos.

Quiero que no necesite de ir a ningún lugar donde yo iría ni escuchar ninguna canción que yo escucharía para que se sienta cerca mío. Lo necesito para poder ser.


Sin embargo, quizás haya llegado la hora de que Penélope no espere más a su Ulises. Quizás Penélope tenga que dejar de idealizarlo y verlo tal cual es: solo un hombre que prometiendo amor se fue para no regresar.


Si esto realmente es así y Ulises, León o Violeta no lo desmienten… entonces ya no lo esperaré más. Tendré que bajarlo del pedestal de rey de la selva y verlo como un león de zoológico, privado de la libertad que necesita para venir por mí. Y tal cual dice Ismael, algunas tardes de invierno cuando duelen esas viejas heridas que no parecen cicatrizar nunca… Penélope trata de llegar a alguna conclusión y luego se dice: “pobre tipo, no sabe de lo que se perdió.”

viernes, 4 de junio de 2010

Azul I

Familiares y amigos me han pedido Violeta III, quizás porque estén esperando la escena de un beso, ese que por ser prohibido se hace tan importante… Sin embargo tendrán que seguir dándole alas a su imaginación porque hoy cambiaré de color. Violeta o León, como más les guste, algún día tendrá que despedirse, tal vez de Cameron, tal vez de mí... Por eso, para ir entrando en clima, no puedo dejar de contarte sobre la mejor despedida de mi vida, la despedida del tipito Azul.

Destiñe, pero... deja de ser príncipe?

Sin dudas fue la despedida más emocionante de mi vida. Aún lo recuerdo, allí, en la estación, con su saco de corderoy marrón y sus ojitos coloraditos por haber llorado todo un río, quizás pensando y repensando si estaba haciendo lo correcto en dejarme ir. Yo lo observaba desde la ventanilla del colectivo, con los ojos en peores condiciones, guardando esa imagen en mi memoria y en mi corazón como quien guarda una fotografía de una persona amada que ya no está. Lo más parecido a un príncipe azul se quedaba allí, con mi corazón en sus manos.

Pensé durante demasiado tiempo lo mucho que iba a costarme empezar de nuevo, vivir sin la ilusión de volverlo a escuchar, de volverle a escribir, de volverlo a mirar, de volverlo a pensar… Pensé en la última carta que iba a escribirle, en los últimos párrafos que iba a inspirarme, en el último “te quiero” que iba a robarme… Pensé en la alegría de los momentos compartidos, en la felicidad de los sueños cumplidos, en la química que hizo que vivamos lo que vivimos… Pensé en una fecha lejana, en esa noche soñada, en dos personas bajo la lluvia, en esta historia que comenzaba…

Pensaba, y mientras más lo hacía mi corazón reclamaba al hombre que conocí y a la mujer que fui a su lado.

Pensé en las palabras escritas, en las emociones a flor de piel, en los te extraño en un papel, en el amor del ayer que sabía que no iba a volver.

Pensé en habitar en su recuerdo como algo que no pudo ser, en llenar un espacio vacío, en refugiarme en su olvido, en ser algo sin ser.

Pensé en un pasado compartido, un presente sin sentido y un futuro sin fe.

Pensé con tristeza en lo que se había ido y con alegría en lo que fue. Porque aunque no estaba conmigo más que pensar sentí que mi corazón era suyo aunque no fuera a volver.

Pensé y sentí que la vida era linda, pero era más linda a su lado, pensé y sentí el dolor y no pude evitarlo.

Pensé y sentí que mi corazón lo extrañaba, que mi cuerpo lo necesitaba, que mi alma lo reclamaba, que mi vida sin él no era nada.

Pensé y sentí pero sobre todo creí, lo creí un ser especial, que merecía ser feliz y amar, que podía volar y el cielo alcanzar.

Pensé, sentí y creí que era el hombre ideal, que la magia instalada en él lo haría triunfar, que nadie lo podría derrumbar, Dios dirá…

Pensé, sentí, creí y con mucha intensidad quise, quise ser su luz, quise ser su apoyo, quise ser su paz, quise ser alguien con quien pueda contar.

Pensé, pensé en sus besos, sus caricias y su amor. Sentí, sentí el sabor de su piel envuelto en un remolino de recuerdos. Creí, creí que volveríamos a encontrarnos en un futuro alejado. Quise, quise permanecer en su recuerdo, habitar en su memoria, morar en su corazón.

Pero hoy no está aquí, porque hoy no piensa en mí, porque hoy, hoy quizás yo también me fui.

Como me dijo él una vez: “Es preferible morir de amor que no se muere que vivir de amor que no se vive.”

Son muy tristes las despedidas, pero aquella la recuerdo como “la mejor”. Él llegó a mi vida sin avisar, sin pedir permiso, en un momento en el que me estaba disponiendo a resignar mi felicidad.

Él es mi tipito azul, lo más parecido al príncipe azul, aunque muchos digan que destiñe en la primera lavada.