Cuando comencé a escribir sobre Violeta dije que no iba a abandonar la lucha hasta que no lo tuviera nuevamente en frente, hasta que no pudiera reconocer en sus ojos el amor o su ausencia… Y ¿cómo es entonces que ahora estoy hablando de no esperarlo más? ¿Qué pasó?
Cualquier similitud con la realidad NO es mera coincidencia
En unos de mis ataques de ansiedad, cuando nada parece acallar mis ganas ni mis impulsos, revisé la billetera, hice un par de cuentas, consulté el almanaque, repasé mi agenda, escribí algunas palabras en el Google, leí lo que necesitaba leer, vi el cuadradito en verde en la ventana del MSN acompañado por la palabra “LEÓN” y me animé. “¿Qué tenés que hacer el sábado a las 9 de la mañana?” pregunté. “¿Me vas a buscar a la terminal de Neuquén o a la de Chipoletti?”.
Pensé que el que me leía era el mismo que meses atrás había dejado todo por venir a estar conmigo, el que 4 veces por día reclamaba mi visita, el que sufría mi ausencia, el que me había insistido día y noche en que “debía” ir a verlo y que actuaríamos de la forma que hubiese que actuar: si nos salía ser primos seríamos primos, si nos salía ser amigos seríamos amigos y si daba para más seríamos más…
Había imaginado ese encuentro miles de veces: León esperaba en la terminal, había ido sólo tal cual lo habíamos planeado. Yo ansiosa en el colectivo, tenía intenciones de robarle un beso a penas lo viera porque le había prometido, a modo de venganza, hacer lo mismo que él hizo conmigo en su visita. Nos abrazamos, ya no éramos dos desconocidos ni nos separaban 17 años, ya sabíamos lo que significaba sentirnos cerca, ya éramos conscientes de que carecíamos de indiferencia. Lo besé, sí, no pude evitarlo.
Sabía que lo que me esperaba no era nada fácil, que Cameron estaría aguardando nuestro regreso, expectante, quizás celosa… y la culpa empezó a apoderarse de mí de manera perturbante, asfixiante. Sin embargo estaba allí, sabía muy bien a lo que había ido, fuera lo que fuera que encontrase tenía que jugarme entera por lo que había ido a buscar, y poder sentirme orgullosa por el intento en el caso de que volviera con las manos vacías.
El recorrido hasta su casa fue algo incómodo. Él tenía cara de susto, yo no podía dejar de mostrar los dientes ya que mi alegría se empeñaba en no ser disimulada. No quería hablar porque presentía su estado de nervios, pero por otro lado no podía dejar de pensar que debía aprovechar cada instante en el que estuviésemos solos porque no sabía de cuanto tiempo en esa situación podíamos disponer. Cuando el silencio comenzaba a desesperarme y la sonrisa a desvanecerse se escuchó: “qué bueno que hayas venido piba”. Volví a respirar. No soy de las que tiene miedo de lo que pueda suceder, temo más bien de lo que NO suceda…
Mi alegría fue aún mayor cuando llegamos a destino y su madre me recibió con un cálido abrazo. Cameron no estaba, tampoco me animé a preguntar por ella, pero pude deducir, por lo que escuché en la conversación madre e hijo, que nos acompañaría en el almuerzo.
Dejé mi valija en la habitación de huéspedes, vecina a la de León, me senté en la cama aprovechando ese instante de soledad y fui avasallada por la certeza que me había carcomido durante todo el tiempo de espera: León iba a aguardar que yo hiciese todo, él confiaba en que yo lo hiciera y quería que lo hiciera. Pero, ¿cómo preservar a Cameron? No me correspondía a mí ese papel.
Esto mismo debe haber pensado él cuando le dije que iba a visitarlo, porque no permitió que hubiera viaje. Me pidió perdón, dijo que había estado pensando algunas cosas, que él no estaba solo, que únicamente podría darme el lugar de prima si lo visitaba y que la realidad era que nos separaban 1000 km y que en ese momento no podía ofrecerme lo que yo necesitaba, que quizás era cuestión de tiempo y que sabía que cuando decidiera jugarse por mí seguramente sería tarde.
Contar mi decepción sería muy triste, pero entre tanta desilusión agradecí estar en Peumayén y poder salir a buscar un color en otra parte.
De todas maneras, quizás aún queden Violetas por escribir...