lunes, 13 de septiembre de 2010

Violeta IV

Cuando comencé a escribir sobre Violeta dije que no iba a abandonar la lucha hasta que no lo tuviera nuevamente en frente, hasta que no pudiera reconocer en sus ojos el amor o su ausencia… Y ¿cómo es entonces que ahora estoy hablando de no esperarlo más? ¿Qué pasó?

Cualquier similitud con la realidad NO es mera coincidencia

En unos de mis ataques de ansiedad, cuando nada parece acallar mis ganas ni mis impulsos, revisé la billetera, hice un par de cuentas, consulté el almanaque, repasé mi agenda, escribí algunas palabras en el Google, leí lo que necesitaba leer, vi el cuadradito en verde en la ventana del MSN acompañado por la palabra “LEÓN” y me animé. “¿Qué tenés que hacer el sábado a las 9 de la mañana?” pregunté. “¿Me vas a buscar a la terminal de Neuquén o a la de Chipoletti?”.

Pensé que el que me leía era el mismo que meses atrás había dejado todo por venir a estar conmigo, el que 4 veces por día reclamaba mi visita, el que sufría mi ausencia, el que me había insistido día y noche en que “debía” ir a verlo y que actuaríamos de la forma que hubiese que actuar: si nos salía ser primos seríamos primos, si nos salía ser amigos seríamos amigos y si daba para más seríamos más…

Había imaginado ese encuentro miles de veces: León esperaba en la terminal, había ido sólo tal cual lo habíamos planeado. Yo ansiosa en el colectivo, tenía intenciones de robarle un beso a penas lo viera porque le había prometido, a modo de venganza, hacer lo mismo que él hizo conmigo en su visita. Nos abrazamos, ya no éramos dos desconocidos ni nos separaban 17 años, ya sabíamos lo que significaba sentirnos cerca, ya éramos conscientes de que carecíamos de indiferencia. Lo besé, sí, no pude evitarlo.

Sabía que lo que me esperaba no era nada fácil, que Cameron estaría aguardando nuestro regreso, expectante, quizás celosa… y la culpa empezó a apoderarse de mí de manera perturbante, asfixiante. Sin embargo estaba allí, sabía muy bien a lo que había ido, fuera lo que fuera que encontrase tenía que jugarme entera por lo que había ido a buscar, y poder sentirme orgullosa por el intento en el caso de que volviera con las manos vacías.

El recorrido hasta su casa fue algo incómodo. Él tenía cara de susto, yo no podía dejar de mostrar los dientes ya que mi alegría se empeñaba en no ser disimulada. No quería hablar porque presentía su estado de nervios, pero por otro lado no podía dejar de pensar que debía aprovechar cada instante en el que estuviésemos solos porque no sabía de cuanto tiempo en esa situación podíamos disponer. Cuando el silencio comenzaba a desesperarme y la sonrisa a desvanecerse se escuchó: “qué bueno que hayas venido piba”. Volví a respirar. No soy de las que tiene miedo de lo que pueda suceder, temo más bien de lo que NO suceda…

Mi alegría fue aún mayor cuando llegamos a destino y su madre me recibió con un cálido abrazo. Cameron no estaba, tampoco me animé a preguntar por ella, pero pude deducir, por lo que escuché en la conversación madre e hijo, que nos acompañaría en el almuerzo.

Dejé mi valija en la habitación de huéspedes, vecina a la de León, me senté en la cama aprovechando ese instante de soledad y fui avasallada por la certeza que me había carcomido durante todo el tiempo de espera: León iba a aguardar que yo hiciese todo, él confiaba en que yo lo hiciera y quería que lo hiciera. Pero, ¿cómo preservar a Cameron? No me correspondía a mí ese papel.

Esto mismo debe haber pensado él cuando le dije que iba a visitarlo, porque no permitió que hubiera viaje. Me pidió perdón, dijo que había estado pensando algunas cosas, que él no estaba solo, que únicamente podría darme el lugar de prima si lo visitaba y que la realidad era que nos separaban 1000 km y que en ese momento no podía ofrecerme lo que yo necesitaba, que quizás era cuestión de tiempo y que sabía que cuando decidiera jugarse por mí seguramente sería tarde.

Contar mi decepción sería muy triste, pero entre tanta desilusión agradecí estar en Peumayén y poder salir a buscar un color en otra parte.

De todas maneras, quizás aún queden Violetas por escribir...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Verde I

Agradezco tantas buenas energías puestas en el nuevo color y sé que hay quienes pretenden que lo haga formar parte de mi arcoíris pero por el momento el tipito no amerita.
Hoy estuve mudando papeles de mi antigua casa y las mudanzas acarrean recuerdos. Una foto trajo esta historia a mi memoria y con ella la esperanza.


La feliz

Estaba en la feliz por segunda vez, quizás con la ilusión de vivir la mitad de las cosas hermosas que había vivido la primera vez que estuve allí, esperando que la vida me sorprendiera una vez más.

Habíamos ido de vacaciones con mis amigas, parábamos en el departamento de Surch, en la Perla y cumplíamos a rajatablas la rutina de asistir durante el día a la playa y durante la noche a la calle Além, divirtiéndonos con la fantasía de pasar a buscar a “la Mirtha” (Legrand) por su gran hotel. Una noche el clima nos obligó a refugiarnos rápidamente en un bar, Tressor. Además de que mi fuerte no es peinarme, el viento se había encargado de ponerlo aún más en evidencia y obviamente nunca falta el que te lo recuerda. “¿Tiene arreglo eso?” me dijo alguien sobre el hombro mientras yo intentaba convertir mis manos en las de Roberto Giordano sin nada de suerte. Me di vuelta con ojos de quien simula tener todo controlado, pensando en responder con sarcasmo, pero enmudecí cuando lo vi. Tenía en frente ahora a mi futuro tipito verde y en solo cuestión de segundos, guiada solamente por la intuición, supe que tenía que reemplazar el sarcasmo por una respuesta que lo mantuviera a mi lado. Una sonrisa angelical acompañaba ese rostro y me resultaba imposible la idea de no perpetuar la charla. Después de algunas risas le pregunté de dónde era. “Coronel Suarez” respondió. Ahí confirmé que mi intuición no había fallado, que las casualidades no existen y que todo pasa por algo. Ahora tenía otro motivo para permanecer allí.

De la misma manera tres años atrás, en mi primera visita a Mar del Plata, la intuición me había hecho conocer al tipito azul, en un congreso, en un bar, en condiciones similares. Pero una de las sorpresas fue que tanto el tipito azul como el tipito verde eran nacidos en el mismo pueblo. Decidí no contar nada y disfrutar de la coincidencia.

Me invitó una cerveza, eso daba indicios de una charla a los pies de una barra si no hubiese sido porque la cerveza tenía la temperatura justa para el mate amargo, lo que nos llevó a abandonar el lugar rápidamente. Tomó mi mano y subimos una escalera. Me senté, pidió un fernet para honrar mi acento, me miró a los ojos, le devolví la mirada y me besó. Segundos después me pidió disculpas por no haber podido evitar el impulso que dijo haber tenido a penas me tuvo en frente. Cambiamos de tema y convertimos el momento en una grata charla gobernada por las risas y el buen humor. Así me enteré que su madre era peluquera y que él trabajaba en Buenos Aires, en el Spa donde asistían todas las bailarinas de Tinelli. Yo tendría que haber salido corriendo cuando se acercó su primo y lo delató al contarme que el tipito verde la había masajeado a Evangelina Anderson. “¿Qué hago acá?” Me pregunté atónita, imaginando qué diría su madre de mi peinado, qué pensaría él de mis manos faltas de crema, mi rimel seguramente corrido y mi carencia de siliconas. Sin embargo el tipito verde parecía estar concentrado en mis palabras y no dejaba de mirarme a los ojos.

A falta de campanas anunciando la caducidad del hechizo sonó el teléfono. Mis amigas preguntaban mi paradero y cenicienta tuvo que abandonar el baile. No dejé un zapato pero sí mi número y el teléfono volvió a sonar al día siguiente con un mensaje que agradecía haber sido la causante de una noche de risas que esperaba ser repetida.

Suerte que aún nos quedaban algunos días en la feliz…