Como te adelanté, hay muchos tipitos, hay muchos colores. Decidí empezar contándote sobre el que me roba el sueño por las noches y me hace amanecer dormida por el día, el que sabe que aunque hayan sido segundos, minutos, horas, días, meses o años los que compartimos, estando cerca o estando lejos, hablándonos, escuchándonos, sintiéndonos... la verdad, la cruel y a la vez hermosa verdad, es que no nos somos indiferentes.
Aquí Julia, mal que me pese...
Leopoldo, ese era el apodo que usaba para castigar a ese nenito que con su risa burlona se encargaba de arruinar toda mi estadía en la que recuerdo hermosa ciudad de Neuquén. Cada viaje elegía no ir a su casa sino a la de mis primas, para descansar de mis hermanos y a la vez, librarme de sentirme “no deseada”. Sin embargo, después de muchos años, busco en mi memoria y encuentro una imagen, es como un cuadro con sonido, el sonido de su risa. Estábamos en un altillo de su casa observando a escondidas a “los grandes” en horas a las que deberíamos haber estado durmiendo. Él con su pijama de puños, siempre esbozando una sonrisa; yo, contemplándolo, admirándolo, escuchándolo. Siempre sabía más que nadie, siempre podía sacar una carcajada aunque tuviéramos una cara amenazante en frente.
Después de muchos años de ausencia, un día me hablaron de él, me dijeron que estaba en México, que habíamos elegido la misma carrera, y desde ese momento dejó de ser un recuerdo para mí para convertirse en una realidad. Creo que tuve miedo de saber más de él, temí sentirme comparada e inferior. Hoy aún temo lo mismo.
El momento llegó, la tecnología amiga facilitó el reencuentro y sin darme muchas explicaciones, mi cara esbozó una tremenda sonrisa al encontrar una solicitud de amistad vía Facebook que llevaba su nombre. El pasado me invadió, la nostalgia se apoderó de mí y tuve que contenerme para no llenar de recuerdos, quizás los mismos que escribo ahora, un e-mail dirigido a su nombre.
“¿Ya echaste cría?” fueron sus inaugurales palabras en nuestra primera sesión de MSN al ver mi foto de perfil en la que poso con mi sobrino, 17 años después de nuestra última visita. Ahí empezó todo, o ahí empezamos a cosechar los frutos que sembramos de niños, no lo sé, ¿cómo saberlo?
Sin demasiado protocolo se dedicó de inmediato a darme instrucciones de lo que debía hacer con mi vida y a la vez rememoró y echó en cara lo supuestamente “hincha pelotas” que era cuando niña. Fue como si el tiempo no hubiese pasado pero nuestras vidas sí, nos hablamos como si nunca se hubiese perdido el contacto, como si ambos hubiésemos estado esperando encontrarnos para saciar nuestra curiosidad del otro. Reflejó en mí todo lo que deseaba para él, depositó sus sueños no cumplidos en mi persona y a la vez me dio, entre órdenes y chistes, la desesperanzadora noticia de la existencia de ella, a la que llamaremos Cameron, ya sabrás por qué. 6,5 años a su lado era lo que frenaba a mi amigo León a hacer algunos de sus sueños realidad, por lo menos con respecto a sus ganas de viajar. Hoy sé que hay más….
Dos escorpianos condenados al éxito, así nos definió, y entre multitud de información a cerca de nuestras personas llegamos a la conclusión de que pensamos, sentimos, actuamos de la misma manera. “Te leo y me leo”, “te anticipas a mis pensamientos”, “somos muy pasionales” fueron las frases más repetidas.
Las largas charlas en el chat se hicieron interminables y casi cotidianas. Siempre tuve la tentación de mostrarme frente a la cámara web antes de salir los sábados por la noche para robarle algún elogio y despertarle algún que otro celo. Lo conseguía, aún hoy lo consigo…
Estaba esperanzada en que siguiera siendo el mismo chico desagradable de la niñez, la existencia de Cameron me pedía que lo fuera, pero… Recuerdo la noche que lo vi por primera vez con sus 28 años cumplidos, en la pantalla de mi PC. La recuerdo porque me encantó. Descubrí la persona que me hacía estar escribiendo por tiempo indeterminado y me cautivó por completo. Me permití desearlo conmigo. Entre risas y bromas creo que se lo di a entender. Él respondió bien, alimentando mi esperanza de viajar a verlo, sospechando que no podría contenerme a besarlo aunque fuera solo una vez. Me dijo “mi casa es tu casa” y me adueñé de esa frase para hacerla realidad. Planee mi viaje de 1000 Km para un 19 de marzo, el planeó que mi estadía no fuera menor a un mes. Dije que me esperara en la terminal, dijo que iba a tratar de estar allí, sin ella…
El 19 de marzo llegó pero mi viaje fue suspendido por cuestiones que no viene al caso contar en este momento. Una semana después el publicaba en su nick: “Penélope si estás online hablame”. Eso hice, y fue ahí cuando me anunció su inesperado viaje a Córdoba a visitar a su familia y su planeado paso por mi ciudad a verme. Desbordé de felicidad.
El reencuentro sucedió, quizás más adelante te cuente detalles sobre cómo llené su oscuridad. Me quedo con el mensaje que me envió cuando se fue: “Me despedís de Río Cuarto con un arcoíris. Recibime con un arcoíris la próxima vez que venga a visitarte y me quedo”. “Dios dirá…” fue mi respuesta.
A partir de ese momento nuestros encuentros virtuales fueron más cercanos, más profundos, más cargados de algo que aún no aprendo a definir bien. Lo cierto es que me descubrí en el papel de Julia Roberts en “La boda de mi mejor amigo” deseando en realidad ser Cameron Díaz. La heroína de la película es la “chica mala” según Wikipedia. No me gustó saberme así, pero así fue. Después de su partida, le envié un e-mail tomando el papel de Julia, pero él no había visto la película. Cuando lo hizo reconoció no poder evitar asociar de manera inversa a los personajes, dijo. Sintió que Cameron era su amiga de toda la vida, la que lo conocía más que nadie mientras que Julia despertaba su pasión… Sin embargo, hoy estoy acá escribiendo sobre nosotros mientras él debe estar con ella.
De todas maneras sé que voy a volver a verlo. Por más que este llena de miedo de reconocer en sus ojos al amor, quizás no correspondido, no voy a privarme de estar frente a él una vez más. Quién sabe, quizás cambie la historia, quizás le lleve un arcoíris y se venga conmigo, quizás no… Dios dirá.